La Nación: Dos veleros oceánicos, quince tripulantes y una aventura para descifrar los secretos de las tierras del Atlántico Sur
11/01/2026
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El escritor y marino Roberto Ulloa cuenta cómo será la aventura de visitar la ínsula del mar austral que hizo famosa Julio Verne en su novela “El faro del fin del mundo”
A los trece años mi padre me propuso navegar con él a la Antártida, a cambio de trabajar como un marinero más en el viejo transporte polar ARA Bahía Aguirre. Me pareció un trato justo y en enero de 1971 zarpamos desde Ushuaia hacia ese continente mágico. Cuando dejamos atrás el canal de Beagle, alcancé a divisar las cumbres de la Isla de los Estados que sobresalían entre las nubes; fue mi primer contacto con ella. Creo que esta expedición que vamos a emprender comenzó en ese momento; o quizás, cuando leí el Faro del fin del mundo de Julio Verne. ¿Cómo saberlo?; el mar y los libros pueblan la fantasía de cualquier niño."¿Te animás a tocar el bajo?". El elogio de una maestra, los comienzos de Serú Girán y la vida entre viñedos y Mar de las PampasNadie desconoce que los dragones suelen refugiarse en tierras lejanas y solitarias, más propicias para la fantasía y la saga que para la historia formal. Los hombres, y sus artificios, no son bienvenidos en estos confines inhóspitos que están situados fuera del tiempo y dominados por la naturaleza. Por eso, cuando nada se sabía de algún lugar, los antiguos cartógrafos estampaban la advertencia “Hic sunt Dracones” en las cartas náuticas. Aquí hay Dragones es la metáfora perfecta de lo desconocido y nos hemos apropiado de esa leyenda como símbolo de la expedición. La Isla de los Estados es el espacio mítico de Argentina; todo es posible en esa tierra. Parida por volcanes y terremotos en el Jurásico; sus fiordos fueron tallados por los glaciares y parecen atravesarla como si fueran espadas. Es el último coletazo que da la Cordillera de los Andes antes de sumergirse en las aguas heladas del Atlántico Sur y desaparecer para siempre. Su geografía es un confuso laberinto construido por montañas, lagunas y bosques, que obran como una muralla impenetrable para el hombre. También el mar que la rodea infunde respeto. Estrecho de le Maire, Cabo de Hornos, Pasaje de Drake; la sola mención de esos nombres pone en alerta al navegante. Son mares pródigos en temporales, escarceos y fuertes corrientes y han cobrado más barcos y vidas de las que podemos recordar. Sin embargo, esa agresividad de la isla solo puede compararse con su belleza y con lo celosa que es para guardar secretos. Esa combinación la torna seductora y nos impide dejar de soñar con ella. Algo parecido sucede con el amor. Cuando el sol brilla y el viento declina, emerge un paraíso donde los ciervos conviven con lobos marinos, cormoranes y pingüinos al amparo de una naturaleza arrolladora. Un escenario en el cual la presencia del hombre solo se concreta en el Puesto de Vigilancia de la Armada Argentina, donde unos pocos cubren guardia perpetua en nuestro nombre. En enero de 2026 zarparemos hacia la isla. Dos veleros oceánicos, quince tripulantes y el viejo anhelo de explorar y descubrir son la punta de lanza de un proyecto cuyo objetivo es profundizar lo que sabemos sobre la arqueología histórica de la Isla de los Estados; no en vano el conocimiento científico es una de las caras esenciales de la soberanía. No somos los primeros, tampoco seremos los últimos; una cofradía de desconocidos coopera para poner la isla en valor, y acercarla a quienes quieran conocerla. Permítanme que les cuente algo sobre su historia; pocas ficciones pueden superarla. Hay suficiente información para afirmar que los pueblos canoeros de la Tierra del Fuego fueron los primeros en cruzar el nervioso estrecho del Le Maire en sus embarcaciones, construidas con corteza de árbol. Una proeza marinera difícil de emular. ¿Qué los llevó a navegar hacia esos horizontes inciertos en la prehistoria de América del Sur? Supongo que lo mismo que movilizó a la humanidad desde que partió de África; pudo ser la búsqueda de alimento o de dioses, pudo ser la curiosidad o la competencia. Durante siglos, o milenios, fueron los únicos que pisaron la isla y cada pueblo llamó a ese lugar sagrado de un modo diferente; creo que el nombre más conocido es Chuainisin, la tierra de la abundancia. Los canoeros dejaron pocos rastros, pero sus voces remotas aún se escuchan. Siglos después, un navegante de los Países Bajos registró por primera vez a la isla en un diario de bitácora, ingresándola en la historia. Williem Schouten, a bordo del Eendracht, la avistó en enero de 1616 y la bautizó Statenland (Tierra de los Estados), creyendo que no era una isla, sino parte de la Terra Australis Incognita; un continente imaginario que se dibujaba en los mapas antiguos para completar el mundo. Schouten siguió su viaje sin reclamarla y hoy la Isla de los Estados es un símbolo de unión, y no de conflicto, entre ambos pueblos. Fue el comandante Luis Piedra Buena quien izó definitivamente la bandera argentina en esa tierra. Creo que de la mejor manera que se la puede izar; viviendo en la soledad patagónica junto a su mujer, la intrépida Julia Dufour, y arriesgando todo para rescatar náufragos desesperados. Fue uno de esos marinos que surge de “siglo en siglo”; así lo describió Eduardo Gutiérrez en 1886. Su asombrosa vida mereció honores, libros y el olvido, pero eso suele suceder. Después la historia se aceleró. En 1884 la Escuadra Expedicionaria al Sur, al mando del Comodoro Augusto Lasserre, construyó el faro de San Juan de Salvamento (el primer faro argentino) y también un presidio. En ese momento la literatura entró en acción y cambió todo. Si tuviera que elegir los dos nombres que construyeron la narrativa esencial de la isla, diría que fueron el francés Julio Verne y el argentino Roberto Payró. Nadie desconoce a Verne (aún sin haberlo leído); su obra fantástica encendió la imaginación de generaciones y su último libro inmortalizó al faro del fin del mundo. Menos conocida es la obra de Payró; un talentoso hombre de teatro y periodista del diario LA NACION. Un mes vivió en la isla (un mes del siglo XIX, es decir otra medida del tiempo) para narrarla en su libro, La Australia Argentina. A él le debemos algunas páginas marginales de nuestra historia, contando una dimensión humana que estremece. Llego ahora a la expedición Aquí hay Dragones. Intentaremos (la palabra es apropiada, no debemos ofender a los vientos) arribar a la isla a mediados de enero de 2026; la época del año en que Willem Schouten la avistó. Apenas cuatro siglos nos separan de aquella mañana en que soplaba viento del oeste y en la cual avistaron tantas ballenas, que el diario de bitácora registró que interrumpían el paso del barco. Somos una comunidad de marinos, arqueólogos, artistas, fotógrafos y comunicadores. Creo que les va a gustar conocerlos; se los presento. Nuestros navegantes son veteranos de las aguas australes. Andrés, Mariano, Jota, Nilo y Mario dominan las técnicas de navegación a vela, pero lo esencial es su experiencia para descifrar al mar y al viento de esa región impredecible. Son supersticiosos y les incomoda pisar tierra, lo cual es una buena señal. A ellos se suma el equipo de arqueólogos, que es un orgullo para los argentinos. Carlos, Alejandra, Sebastián y Nicolás son expertos en campos de batalla, antiguos refugios loberos y restos de naufragios. Sus ojos ven lo que está vedado a nosotros; a ellos les tocará lidiar con algunos de los dragones más obstinados en mantenerse ocultos. Pedro, nuestro fotógrafo, es un personaje peculiar. Retratar esta isla no es sencillo. No se trata solo de manejar lentes y cámaras; hay que tenerle paciencia a la naturaleza para que se revele. A ese difícil cometido, Silvana, nuestra artista plástica, aportará otra mirada. Producirá el diario de viaje, a la usanza de los pintores de las antiguas expediciones; como el suizo Adolf Methfessel, que acompañó al perito Moreno. Acuarela, tinta, lápiz; esas serán sus herramientas. Álvaro es el médico y, además, junto a Bautista y Tercero, serán cocineros, cronistas y marineros. Quien haya navegado, sabe que una sola ausencia en un barco desequilibra al equipo; todos son esenciales. Cabe una mención especial; Vicente es nuestro tripulante de menor edad; con catorce años acompaña a su padre (el Doc.) y nos recuerda que el espíritu de aventura supera a cualquier pantalla. Buen cebador de mate, será también uno de los narradores del viaje. En cuanto a mí; intentaré poner la aventura en palabras. Cierro un ciclo en el mar y lo hago en compañía de dos de mis hijos, lo cual es una dicha. Dos veleros oceánicos, el Galileo y el Pampa mía, serán nuestro hogar durante largas singladuras. Son barcos nobles; de una eslora que roza los doce metros y diez toneladas de desplazamiento. “Cáscaras de nuez para esas aguas” dijo un buen amigo, sin faltar a la verdad, pero un barco también es su tripulación, que agrega con corazón, lo que falta en tamaño. Uno de los desafíos será la convivencia a bordo. Apenas un par de metros cuadrados habitables y un baño en cada barco son las comodidades para que ocho personas vivan, coman y duerman. “Liderazgo, buen humor y espíritu de equipo es la respuesta” repite Andrés, quien de eso sabe mucho. Llego ahora a los Dragones que perseguimos; ellos transforman la aventura en una expedición. El faro del fin del mundo es el ícono de la isla. Destruido por el tiempo, fue reconstruido hacia fines del siglo pasado por un francés (con el apoyo de la Armada y del fascinante Museo del fin del Mundo). Deberíamos haberlo hecho los argentinos, pero a veces nos distraemos y olvidamos lo importante. El presidio de Puerto Cook es otro yacimiento arqueológico, que nos habla de la dureza de aquellas épocas. Fue edificado hacia fines del siglo XIX y luego trasladado a Ushuaia. El tiempo lo fue desvaneciendo, pero los últimos vestigios aún asoman, al igual que los posibles restos de la goleta Espora de Piedra Buena, que descansa en la Bahía Franklyn. Algunos refugios loberos, cementerios abandonados, la tumba de un ruso finlandés en Puerto Parry y las ruinas del faro Año Nuevo en la Isla Observatorio también nos esperan. Son fragmentos de la historia secreta de Argentina y constituyen el verdadero tesoro de la isla, que no está señalado en ningún mapa. Para compartir esta experiencia con ustedes, nos acompañará LA NACION; es también un homenaje a su antiguo cronista, Roberto Payró. No zarpamos solos; navegan con nosotros los que siempre miran al sur. La querida Armada, el Centro Naval, la Sociedad Militar de Seguro de Vida, el CADIC. También los viejos amigos, esos que le ponen hombro a la vida y siempre están dispuestos a dar una mano para que cumplamos nuestros sueños. A ellos, muchas gracias. A quienes leen estas líneas, los invito a que se sumen, siguiendo la expedición día a día y pidiendo buenos vientos. Ya lo dijo otro poeta francés, Baudelaire: “El hombre libre siempre ama el mar”.
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